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La nube del no-saber (con El libro de la Orientación Particular)

Anónimo inglés del siglo XIV · introducción a la edición inglesa de William Johnston

Portada de La nube del no-saber (con El libro de la Orientación Particular)

Madrid: Ediciones Paulinas, 1981

Está como clásico de la contemplación cristiana inglesa del siglo XIV, una vía occidental para comparar con las prácticas no duales. El volumen reúne dos tratados de un mismo autor anónimo, con introducción de William Johnston, que los presenta como guía práctica de la contemplación. «La nube del no-saber», en setenta y cinco capítulos, habla de la obra contemplativa: poner todo lo creado bajo una nube del olvido y permanecer en la oscuridad de una nube del no-saber entre el alma y lo divino; trata de los pensamientos, la humildad, la vida activa y la contemplativa (Marta y María), la oración breve, los engaños del contemplativo y los signos de la llamada. «El libro de la Orientación Particular» sigue en veinticuatro apartados. Johnston los lee junto a Dionisio, Tomás de Aquino y san Juan de la Cruz.

Cuántas veces observa que «sólo quien tiene experiencia puede realmente entender». Si existe algún problema, existe solamente a nivel verbal o metafísico. Pero a nivel del amor experiencial no existe tal problema ya que entonces uno sabe existencialmente lo que es perderse y encontrarse a si mismo al mismo tiempo. El talante del autor es no explicar (pues no es posible explicación alguna), sino conducir al discípulo a un estado de conciencia en que pueda verlo por si mismo. «Por eso te insto: ve en pos de la experiencia más que del conocimiento. Con respecto al orgullo, el conocimiento puede engañarte con frecuencia, pero este afecto delicado y dulce no te engañará. El conocimiento tiende a fomentar el engreimiento, pero el amor construye. El conocimiento está lleno de trabajo, pero el amor es quietud». Es lo mismo que en el caso de los zen budistas, que, sin explicarlo, insisten en que uno se ha de sentar simplemente a meditar. El lugar de Cristo Otro punto crucial en estos dos libros, lo mismo que en las obras de todos los místicos cristianos, se refiere al lugar de Cristo. En pocas palabras, el problema es este: la teología cristiana, siguiendo al Nuevo Testamento, sitúa a Cristo en el centro mismo de la oración. Cristo el hombre, la Palabra Encarnada. Pero ¿cómo se acopla el hombre Cristo en este vacío sin imágenes, supraconceptual? ¿Dónde está Cristo cuando yo me encuentro entre La Nube del No Saber y la nube del olvido? Es un verdadero dilema. Creo, no obstante, que el autor de La Nube puede ciertamente ser calificado de cristocéntrico. Digamos primero que podemos considerar a Cristo en su existencia histórica o en su existencia de resucitado. En ambos casos tenemos, por supuesto, al mismo Jesús; pero su modo de existencia es totalmente diferente. Sobre el Cristo histórico podemos tener pensamientos, ideas o imágenes de la misma manera que podemos describir las aldeas por las que caminó; pero de Cristo resucitado no podemos tener una imagen adecuada. Así lo afirma categóricamente san Pablo, cuando al ser preguntado cómo es el cuerpo resucitado, responde diciendo (traduciéndolo en el argot moderno): ¡No preguntéis sandeces! «Alguno preguntara: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo? ¡Necio1 no todos los cuerpos son iguales; uno es el cuerpo de los hombres, otro el de los ganados, otro el de las aves y otro el de los peces» (I Cor 15,3539). De la misma manera hay muchas formas de existencia y la del resucitado es diferente de la que ahora gozamos. Ahora bien, el cristiano, siguiendo a san Pablo, no se dirige en su oración a una figura histórica, sino al Cristo resucitado y actualmente vivo que lleva en si toda la experiencia de su existencia histórica pero transformada, como él mismo indicó al mostrar sus heridas a sus discípulos. Por lo que se refiere a la manera de hablar sobre Cristo que vive entre nosotros hoy, Teilhard de Chardin, influenciado por las últimas cartas paulinas, habla del «Cristo cósmico» que corre paralelo al universo. Por la muerte, su cuerpo se universalizó, entrando en una nueva dimensión y en una nueva relación con la materia. En esta dimensión, Cristo resucitado se hace presente a nosotros. Dimensión en la que también nosotros entramos por la muerte. Pero en esta vida podemos tocarla en algún modo por el amor en la Nube del No-Saber. El autor inglés, a mi juicio, está hablando aquí del Cristo cósmico, aunque no emplee esta terminología. De hecho, hace una unión brillante y ortodoxa del Jesús histórico y del Jesús resucitado en el motivo de Maria Magdalena, que, como es obvio, le atrae sobremanera: «En el Evangelio de san Lucas leemos que nuestro Señor entró a casa de Marta, y mientras ella se puso inmediatamente a prepararle la comida, su hermana Maria no hizo otra cosa que estar sentada a sus pies. Estaba tan embelesada escuchándole que no prestaba atención a lo que hacia Marta. Ciertamente las tareas de Marta eran santas e importantes… Pero Maria no les daba importancia. Ni se daba cuenta tampoco del aspecto humano de nuestro Señor, de la belleza de su cuerpo mortal, o de la dulzura de su voz y conversación humanas, si bien esta podría haber sido una obra más santa y mejor… Pero se olvidó de todo esto y estaba totalmente absorta en la altísima sabiduría de Dios oculta en la oscuridad de su humanidad.

Texto de la editorial

Estructura

Introducción de William Johnston

La nube del no-saber: oración, prólogo y capítulos 1 a 75

El libro de la Orientación Particular: prólogo y apartados I a XXIV

Índice del primer tratado y fuentes

Citas

«Eleva tu corazón al Señor; con un suave movimiento de amor, deseándole por si mismo y no por sus dones.» (sin paginación · «La nube del no-saber», cap. 3)

«Rechaza todo pensamiento, sea bueno o malo.» (sin paginación · «El libro de la Orientación Particular», I)

«Acuérdate de esta distinción entre él y tú: él es tu ser, pero tú no eres el suyo.» (sin paginación · «El libro de la Orientación Particular», I)

Ediciones en castellano

Madrid: Ediciones Paulinas · 1981

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